Nació en 1900 en Haro (La Rioja). Su madre falleció en el parto y a los tres años, cuando su padre se volvió a casar, trajeron a Vicenta a Durango a casa de una tía. En 1920 se casó con Juan Gorosarri Gojenola y tuvieron cuatro hijas y una hijo: Miren, Lourdes, Edurne, Pablo y Garbiñe. Vicenta trabajaba a tres relevos en la fábrica de Mendizabal y tanto las tareas domésticas como el cuidado de los hijos era una responsabilidad compartida con su marido.

Con la llegada de la República comenzó a asistir a mítines, y una vez reconocido el sufragio universal en 1931, ejerció su derecho en la histórica votación del Estatuto Vasco de 1932. Tomó parte activa en las siguientes campañas electorales repartiendo pasquines del Frente Popular delante del Salón Dominical. Debido a su actividad política fue denunciada por primera vez, por sus vecinas en 1934. Dicha denuncia trajo consigo el registro de la casa donde residían por parte de la Guardia de Asalto.

Después del levantamiento fascista de 1936 y, sobre todo, después del bombardeo del 25 de septiembre de 1936, los vecinos de Tabira acostumbraban a pasar el día en un pinar de Izurtza por miedo a los bombardeos. En una ocasión en la que Vicenta se dirigía hacia Izurtza con sus hijos y sobrinos, alguien disparó desde una huerta cercana. En ese preciso instante Vicenta se había agachado por lo que el tiro hirió a su sobrino Jabier Gorosarri.

Puesto que era ya conocido que los fascistas de Durango poseían armas, los ciudadanos reforzaron su vigilancia. Vicenta notificó a su cuñado Juan Gorosarri (miembro de la Junta de Defensa) sobre la identidad de varios vecinos fascistas que sintonizaban Radio Sevilla.

Tras el bombardeo del 31 de marzo de 1937 Vicenta y la familia fueron evacuadas a Bilbao, primero, y a Santander, después. Como muchas otras familias, desde Santander embarcaron a Francia, donde estuvieron exiliados hasta 1938, fecha en la que el gobierno francés expulsó a Vicenta y su familia. Cuando volvieron a Durango las vecinas la recibieron a pedradas y le denunciaron ante la Guardia Civil.

Detenida y encarcelada, Vicenta Garnica conoció la cárcel de Orue de Bilbao y la cárcel de mujeres de Durango (ya que pensaban que era de Haro).

Vicenta nunca habló de su paso por la cárcel. Sólo en una ocasión llegó a contar que lo peor era cuando se despertaban de noche porque se llevaban a fusilar a alguna compañera.

Sus compañeras de prisión le enseñaron a leer puesto que, tal y como se puede ver en los documentos oficiales, no sabía ni tan siquiera escribir su nombre. Su huella dactilar ocupa el espacio de la firma en la sentencia del Consejo de Guerra.

Los últimos años de condena los cumplió en casa con prisión menor. Tenía totalmente prohibido todo tipo de relación con sus amistades. Para entonces Vicenta ya tenía a tres sus hijas mayores (15, 14 y 11 años) trabajando y los dos pequeños (8 y 5 años) eran reeducados por el Auxilio Social.


A pesar del largo fascismo franquista, no renegó en el ambiente familiar de su identidad socialista e intentaba sintonizar todas las noches Radio Pirenaica, durante los últimos cuatro años de vida que pasó enferma en la cama.

Texto: Maria Gonzalez Gorosarri.